GONZALO GIRONÉS GUILLEM

Verso  Rutilante

Verso rutilante

Portada: Ángel de la bóveda del Coro de la Catedral de Valencia.

Pablo de San Leocadio, S. XV.

© de los textos e imágenes: D. Gonzalo Girones Guillém

Impresión: Gráficas Marí Montañana, s.l.

Santo Cáliz, 7 • 46001 Valencia

Tel. 96 391 23 04* • Fax 96 392 06 39

E-mail: imprenta@marimontanyana.com

El autor, con motivo de su jubileo de 50 años de sacerdocio, tiene el gusto de ofrecer estos poemas y dibujos a sus amigos artistas y poetas.

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PRÓLOGO

Para decir que es hermoso este libro, no hace falta más que notar la nítida blancura de estas páginas donde cada latido del corazón toma la
forma de un verso.

Yo he vibrado con él, y por eso me atrevo a incluir en estas líneas un minúsculo poema que le escribí cuando me regaló las cuartillas de este
libro que ya es una realidad:

"A borbotones por la abierta herida

habló la sangre pura en su costado,

y era Dios, era el Hombre, era caricia,

era amor, era luz, era... Gonzalo".

Sí, porque Gonzalo cuando habla o cuando escribe, lo hace con la auténtica posesión de la inspiración divina, y no ya por su condición de
sacerdote, sino porque, sin dejar de ser hombre, cabalga entre el cielo y la tierra con esas alas invisibles que rozan la membrana celeste,
y va a través de los abismos humanos con esa valentía que le dan sus ansias de ascensión y que le llevan triunfante a la cumbre de los elegidos.

Ese continuo vuelo de su alma al encuentro de la perfección, ese diálogo interior que mantiene con su espíritu, aflora como la luz intermitente
de las estrellas en estos versos rutilantes donde nos cuenta a su manera, comparando con todas las cosas de la creación y tal como él mismo
los recibe en su mente, esos mensajes que hablan de Dios, de amor, de pureza... y cuando nos dice:

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"El alma, poema viviente,

transforma la carne fluida",

es como si Gonzalo, mirando a través del cuerpo, desnudara el alma de la carne y los huesos y lanzara sus moléculas al aire, no para desechar
la forma que el Creador sacó del barro, sino para hacerla sobrenatural y cantarla con toda su hermosura sin manchas –El cuerpo limpio
de las doncellas, el seno materno donde duerme el fruto del amor, la fuerza varonil como una tempestad que rescata su valía cuando se
destierran las mismas pasiones terrenas.

Y cuando en otro de sus poemas nos cuenta, como un susurro que quisiera rozar nuestras fibras más sensibles, que:

"Si un dedo celeste arranca la corteza

saltará la paloma

del pecho turbio de la madre tierra".

nos está recordando los anhelos de libertad y de pureza, que sentimos los hombres a la espera de la redención de nuestras culpas, para poder
saltar el encuentro de la felicidad.

Y cuando en otro verso afirma:

"Dura es la tierra que al aire aspira",

está señalando la senda con espinas que conduce al ideal, esa senda que sabe tan dura, pero que hay que seguir con entereza si se quiere
hallar la promesa hecha realidad en la paz del espíritu.

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Él sabe mucho de estas cosas, de estos sentimientos que son como una confesión íntima de su lucha diaria por alcanzar la altura.

Hombre que, en su continuo peregrinar por los continentes del mundo y por los pilares de la Tierra Santa, va recogiendo la esencia de las
personas y de los paisajes para ofrecérnosla como un regalo espléndido, ya sea en sus versos o en la fluidez de su prosa, denota la íntima
experiencia adquirida, que le permite sus rotundas y claras afirmaciones.

Poseedor de una gran carga de amor que desea universalizar, nos deja su himno, su cáliz refrescante de versos que en su conjunto, como el
"Cantar de los Cantares", son un perfume que se difunde.

Poeta actual, consagrado, que domina los sonetos y el verso libre como solo lo hacen los maestros; partícipe de la antología de "La Nueva
Poesía Castellana" que se publicó en 1979 y donde sus sonetos "Al ciprés de los Jerónimos de Jávea" y "Soneto de Florida", son
una visión paradisíaca que posesiona sus pupilas y se transmite a su corazón para que sea él quien la describa.

En cuanto a su primer libro de poemas "Obra poética", del que tengo el honor de ser coautora, diré que su poesía alcanza la más alta expresión lírica.

Así es este hombre, cuyo nuevo libro estoy prologando, más con el corazón que con el entendimiento. Temo que lo mejor se me quede por
decir, pero es que estos versos rutilantes se

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parecen a la Biblia que nos dispusimos a leer de niños, cuyas frases nos sonaban gratas a los oídos, aunque a veces no las comprendíamos.
La madurez y el deseo se encargaron de enseñarnos su significado y nos hicieron gozar en plenitud de su lectura; y estos poemas hay que
leerlos, exprimirlos como si se tratara de una naranja, hasta que ni una sola gota de su zumo se nos escape; solo así penetraremos en ellos
y nos identificaremos con los pensamientos del autor, que conociendo varios idiomas escogió el universal de la poesía y que cuando nos
dice al final de su canto:

"No ser yo, ser la parte,

no interrumpir el viento,

no negar soplo al verso,

dar al amor... amor",

nos deja sorprendidos en esta letanía, en este ruego esperanzado que quiere enseñarnos a compartir.

Tomemos este libro en nuestras manos con todos los sentidos dispuestos y aspiremos el aroma de limpieza que sube de sus páginas, pues,
al igual que suave pluma que no levanta polvo, va barriéndonos la superficie impura para sacarnos la belleza, con este manantial de clara
poesía que deleitará y extasiará a quien, como yo, crea que los poemas de Gonzalo no son para leerlos sólo, sino para pensarlos y para amarlos.

María Dolores Grao

Requena, enero de 1980

  • – 9 –

  • Gonzalo Gironés Guillem

    VERSO RUTILANTE

    – 10 –

    Campo de aurora que el amor sembraba

    La verdad más admirable

    Amor rebosa mi pensamiento

    – 11 –

    Abrir los ojos dentro del mar

    La reina vuela con rostro alegre

    Flor silenciosa fue aquel relámpago

    – 12 –

    Cascada de dulces pechos

    Fluido vegetal reina en los aires

    Acuario verde el orbe entre las manos

    – 13 –

    Aplaude el sol con júbilo brillante

    Pájaros, pájaros, pájaros cantaban

    Suspiro ardiente de la luz violácea

    – 14 –

    Pecera azul el mundo para Dios

    Dura es la tierra que al aire aspira

    Amor respira el horizonte en calma

    – 15 –

    Una virgen cayó de la ventana

    Queja ninguna pájaro sintió

    Un dedo suelta el peso que nos traba

    – 16 –

    Emana puro el poema

    del yacimiento animal

    Amor robusto, juvenil, inmenso,

    tenaz, humilde, poderoso y claro.

    Si la carne fuera lúcida

    también podría volar

    – 17 –

    Suave la mar se levanta

    para teñir las estrellas

    Sobre el envés de las hojas

    volaban versos

    Las nalgas tenues tornan familiares

    al aire de la atmósfera

    – 18 –

    El alma, poema viviente,

    transforma la carne fluida.

    La mar aplaude con júbilo

    la liberación carnal

    Todo verso de los ángeles

    se encarna en cuerpo limpio de doncella

    – 19 –

    Aliento universal por quien volaban

    convertía sus pechos en palomas

    El abismo impotente es un deseo

    de tocar la membrana celestial

    Tierno es el lirio, pájaros cantaban,

    tenaz el verso escapa de la muerte.

    – 20 –

    Lanzaría mi amor, si el golpe denso

    despertara la danza universal.

    Los gavilanes anuncian

    la dimensión del amor

    – 21 –

    Alquila mi pensamiento

    voz ardiente y corporal

    Un suspiro náufrago a través del pozo de tu talle

    formaba el ámbito de tus caderas

    Sostiene en torno líquida armonía

    potente verso, vuelo virginal.

    – 22 –

    Aliento congelado es cada estrella,

    aliento vivo y tenso son tus pechos,

    planeta en dos partido por tu amor.

    Seno materno, cálido universo,

    rómpete pronto, que tus hijos beban

    la inmensa luz divina.

    Fricciona el viento frágil sonrisa,

    alienta el alma plácido semblante,

    alientan pechos vuelo horizontal.

    – 23 –

    Si un dedo celestial arranca la corteza

    saltará la paloma

    del pecho turbio de la Madre Tierra

    La fuerza varonil, fuego divino,

    el río vertical de árbol caliente

    fue redimido por la luz tranquila.

    El ave ya es mujer, rosa es el rayo

    y amor la brisa

    del príncipe cantor sobre las nubes.

    – 24 –

    Era badajo o lengua de blancura

    el alma ruborosa de tus piernas

    que el asfalto mortal en vano ansiaba

    Una verde aurora, feliz e interminable,

    sembrada en tu conciencia repetía

    la dulce audacia de crear tus ojos.

    – 25 –

    No quería el alma densa

    huir por esas pupilas,

    sino asomarse en tumulto

    como música marcial.

    Cautivo ya me conduces,

    ¡ábreme el puente de tu sonrisa!

    ¡Pétalo musical, párpado augusto,

    soltado del alcázar infinito

    por una blanca estrella,

    turba la tierra cansada

    y alza el humor lento y cálido

    de las vírgenes canciones!

    – 26 –

    Espejo tímido y blando

    para que me mire el sol.

    Aquellos tenues ombligos

    cantaban al Creador.

    Pupila soy de esfera palpitante,

    cóncava luz de aurora me resguarda.

    – 27 –

    Un surtidor de fuego peregrino

    de mil poetas acordes

    rasgó aquella dorada y cristalina

    membrana de los cielos.

    Desde entonces llovían con sonido

    plumas verdes y azules a las aves.

    Rosa sonora, frágil quebranto

    de aurora recortada.

    Dulce tu carne para los vientos,

    puro es el aire que en liviano lomo

    te trajo el sol.

    – 28 –

    Si mano celeste aprieta

    el aro de tu cintura,

    tu carne fúlgida estalla

    como música espacial.

    Tocar quiere la sombra, ciega y sorda,

    mil vírgenes volantes que rasgaron

    arpa de sol que se prendió en sus trenzas.

    Era niño radiante que lanzaba

    los cuerpos bellos hacia las alturas.

    Nadie supo jamás si retornaron.

    – 29 –

    El rayo de aquel lucero

    vibraba al pasar la mano

    sembradora de los bosques

    Carne triunfal la que del sol se viste

    – 30 –

    Feliz aliento que la luz envía

    y el color separa:

    vienes de Dios hasta los pechos tímidos

    de mirlos y palomas esparcidos

    por suave mano en melodioso campo;

    devuélvate pasión respetuosa

    al dintel estelar, y si el retorno

    traza en el aire un círculo rosáceo

    será un verso de aroma el mundo para Dios.

    No llanto, no soberbia,

    no oscuridad, no muerte,

    no tigre, no impaciente,

    no tempestad, no ardor.

    – 31 –

    No rojo y negro aparte,

    no previsión, no palpo,

    no ceniza, no cálculo,

    no desdeñar perdón.

    No huir la compañía,

    no hierro en vientre verde,

    no matar cuanto espere,

    no aplastar esa flor.

    No tapar el semblante,

    no guardar en el cesto,

    no desistir del vuelo,

    no robar miembro al sol.

     

    – 32 –

    No ser yo: ser la parte,

    no interrumpir el viento,

    no negar soplo al verso,

    dar al Amor... amor.

     

    Epílogo

    Mariano

  • – 34 –

  • Hoy quiero dedicar este librejo

    a la Reina del cielo y de la tierra.

    Su mirada mis cánticos encierra

    y en sus manos mi lira planto y dejo.

    Su amor le ha traspasado el entrecejo

    para henchirme de paz tras de la guerra.

    Dará fin al dolor que aún hoy me aterra

    si logra hacerme niño siendo viejo.

    Eres tú la esperanza en nuestra vida.

    Tú elegida del Padre por pequeña,

    tú elevada por fin a las alturas.

    Vuelve tus ojos a tu grey mordida,

    guíanos el andar desde esa peña

    en que anuncias la patria de venturas.

     

                                                                               
    – 35 –

    Gonzalo Gironés Guillem

    Valencia 2008

    .

    Epílogo Segundo

                            

    – 39 –

    Elegía del Clariano

    La negra muralla que duerme en la orilla

    salpican las aguas del río al pasar.

    el arco del puente lo aprieta y lo humilla

    y el viejo molino le obliga a cantar:

    "Yo traigo el más puro caudal de la fuente

    que nace en el seno de blanca montaña;

    el sol me penetra con un beso ardiente

    y al lecho del valle su luz me acompaña.

    Y al fondo de un salto de audacia altanera

    el campo que un día a mi puerta atendió

    corona en los brazos de su ancha ladera

    a aquella princesa que en mí se asentó.

    Salud, villa hermosa, de eterna romanza

    escucha un susurro ligero y galante;

    desciende a mi paso, reposa en mi danza

    y mira en mis aguas tu claro semblante.

    Tus noches me amparan, me guarda la luna

    en pálida caja mi luz despojada,

    te rondo en secreto, mi novia moruna,

    guerrero y galante, guitarra y espada.

    ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

    – 40 –

    Canción sofocada de mis aguas puras...

    ¡Ay triste y amarga la noche estival!

    Llegaron las nubes rugientes y oscuras

    y en mí descargaron su turbio caudal..."

    Llorando va el río su pérfida afrenta,

    repite el molino su llanto después,

    y como una madre que oyó la tormenta

    recoge la torre la villa a sus pies.

    Los ánades pasan a la otra ribera,

    las flores se ocultan detrás de un balcón,

    los chopos en fila prosiguen su espera,

    las flores del chopo los pájaros son.

    Llorando va el río... "¡Ay nube traidora,

    que esa luz brillante robaste a mi espejo!

    Herido hoy me marcho de mi reina mora,

    ¡Adiós, puente adusto, romántico y viejo!"

    ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

    Las ranas mastican la noche de estío,

    el viejo molino repite el cantar,

    en musgo se cuaja la sangre del río

    y un niño en el puente se ha puesto a llorar.

    Onteniente, 1958.                                                                                                                    

    – 41 –

    Santa Ana

    De San Joaquín esposa bendecida,

    puro connubio, casto ayuntamiento,

    recibiste del cielo en un momento

    la llama espiritual que alumbra vida.

    Espíritu en la carne dolorida,

    pasando muertes, fabricó el portento

    del casi virgen, límpido aposento

    donde fue sin pecado concebida.

    La perla original desde esa entraña,

    hija tuya y de Dios para este mundo,

    será excepción purísima y luciente.

    –Canta Joaquín– resuena la montaña

    eco feliz, vastísimo, rotundo,

    remansado en la loma de Onteniente.

    – 42 –

    El Turia

    Te pareces a Cristo porque entregas

    tu sangre hasta el final por los hermanos;

    inclinado te humillas bajo enanos

    puentes soberbios de las gentes ciegas.

    Hijo de peña, manso y dulce llegas

    a enriquecer los relucientes llanos,

    cortándote en acequias ambas manos

    hasta morir de pobre cuando riegas.

    Igual que el Redentor, pasas diciendo

    que mejor es amar que ser amado,

    que el dar es muestra del caudal divino.

    Y te recibe el mar, de ti naciendo

    al amor de la lluvia sobre el prado

    y a la muerte de amor en el molino.

    – 43 –

    Valencia

    De ojos la piel, para mirar el día,

    eres Valencia, clara y rumorosa,

    reünida fue en ti, como en la rosa,

    agua con luz, aroma y tierra umbría.

    Del agua es tu palabra poesía,

    la luz pintada en lienzo se reposa,

    la tierra ya es mujer, plasmada hermosa,

    los aires son tu música armonía.

    Son tus hijos alumnos de esa mano

    y esa luz creadora de belleza

    que ha hecho de ti la más gentil criatura.

    Si te conquista el rey moro o cristiano,

    te perderá dormido en tu riqueza

    que en lágrimas hará brillar más pura.

    – 44 –

    Castilla

    Tienes la soledad por compañía,

    larga Castilla a quien el cielo aplasta,

    te cabalga una voz: "solo Dios basta",

    sin árbol ni corriente en lejanía.

    Mudo pavés que levantaste un día

    la concentrada fuerza de una casta

    mansa y dura en el suelo, que desgasta

    su aguileño mirar de almena fría.

    Pasó por ti un arado misterioso

    que sembró tu sentir denso y profundo,

    Castilla varonil, fuerte y materna.

    Preñada secular de ardor coloso,

    has parido la historia de este mundo

    que desdeña tu afán de patria eterna.

    – 45 –

    Ermita en Liria

    Sobre el verdor tendido ante la vista

    descuelgas tu regalo transparente,

    Dios de la paz, silencio omnipotente

    y del ardor tranquila reconquista.

    No más mezquino afán se me resista

    a tu llamar tan dulce y permanente:

    invádame tu amor, dedo clemente

    que rozas en mi llaga inconformista.

    Suelta palabra, pálpito volante,

    pájaro pasional, concreta llama,

    rondas mi corazón no despertado.

    Aroma, luz y viento, estás delante,

    como una exhalación que me reclama

    a penetrar tu santo pecho amado.

    Risueño Epílogo Tercero

    – 49 –

    La Aparición

    "El otro día se me apareció la Virgen". Así me lo contaba un pobrecito, que no guardaba ovejas sino coches. Era manco, llevaba una gorra de plato y recaudaba la voluntad de los turistas conductores. Trabajaba en un parque grandísimo que está al lado de las playas de Jávea, en el norte de la provincia de Alicante. A veces, en la mañana de los lunes, cuando no suele haber casi clientes, subía en peregrinación por la cuesta hacia el llano de San Jerónimo, que parece el regazo de la montaña del Montgó. Solía visitar aquella Virgen, Nuestra Señora de los Ángeles, pero aquel día vio que estaba cerrada la iglesia y tuvo que sentarse un ratito sobre unos pedruscos, al pie de un algarrobo enano y esmirriado. Enfrente estaba ella, sentada y sonriente.

    Le pareció un poco raro que viniera vestida de chándal: pantalón holgado pero ceñido a los tobillos y cintura; blusa también holgada, pero ceñida a los puños y cintura. No le cabía duda de que fuera la Virgen, porque el chándal tenía color azul celeste, cual corresponde a la Inmaculada, y además la sonrisa era franca, pura, reconfortante. Le infundía una gran confianza. Era bella, joven y rubia. En un principio no dijeron nada; se miraban solamente. Por fin ella preguntó:

    –¿Por qué te quitas la gorra?

    –Por respeto a Vos, Señora... Además, como no estoy de servicio...

    –¿Qué servicio?

    – 50 –

    –Guardacoches.

    –Desde ahora –sentenció ella con gran serenidad y aplomo– serás guardador de hombres.

    Seguía el gran silencio, a pesar de la sonrisa confiada y el dulce mirar de ella, que dos grandes abejorros parecían aprobar. Él nunca tuvo facilidad de palabra, ni tampoco se le ocurrían las preguntas. Así que se callaba y la miraba. De pronto ella le pidió un cigarrillo, cosa que le extrañó. Él dijo que no fumaba, porque, siendo manco, tenía ocupado el brazo (¡el único brazo!) en empujar los automóviles. Y entonces ella, sin dejar de sonreír, lo llamó por su nombre:

    –Salustiano.

    –Dígame, Señora.

    –Te habrá extrañado que me presente tan moderna, pero he sido enviada a salvar a los jóvenes, que se van descarriando en la desgracia. Hay que guiar la juventud, corriendo a su lado, practicando el deporte, que es tan sano. Pero, de vez en cuando, hay que hacer un alto en el camino, y entonces se acepta un cigarrillo para entablar conversación. Es la raya de la tolerancia. Más allá del tabaco están las drogas, y ahí sí que ya no me es permitido acompañaros.

    –Pues si quiere la señora, le traigo tabaco.

    –Sí, pero ha de ser del que venden en Valencia, en la calle de Moratín, en esa tienda de las bromas.

    –Bueno –dijo él–. Iré cuando pueda.

    –Y ¿no me pides nada para tí?

    – 51 –

    –No. De momento estoy bien; me conformo con poco.

    –Anda –le dijo ella con una sonrisa un poco pícara–. No dejes de volver a visitarme, que quiero ser tu amiga.

    Se fue el guardacoches por el camino de Valencia, y a los pocos pasos notó que le salía el brazo, creciendo del muñón, como crece la barra del gato que se pone debajo de las ruedas deshinchadas. No lo dijo a nadie, pero volvió a la semana siguiente a visitarla. Tenía que darle las gracias y también los cigarrillos de la calle de Moratín. Debajo del hirsuto algarrobo fumaron los dos.

    Entonces ella dijo que "De las bocas de los niños de pecho has sacado, Señor, tu alabanza..." Él callaba y escuchaba. "En la boca está la lengua y mi lengua es ágil pluma de escribano" (seguía ella, con la misma ligereza con que se habla de las nubes). Él, mientras, callaba, fumaba y la escuchaba.

    También le contó que una vez el Espíritu Santo bajó sobre los doce Apóstoles, en forma de lenguas de fuego. ¡Lenguas de Fuego! Y en aquel momento unas chispas burbujeantes empezaron a salir de los dos cigarrillos, como salvas alegres que saludan la salida de la Virgen en las procesiones de la región valenciana... Eran de broma los cigarrillos. ¡Qué risa tenía Salustiano! Ya había vencido la timidez y empezaba a mirarla como una amiga verdadera.

    Pasaron juntos el día, compitiendo en diversos deportes. Ella le ganaba siempre, debido a la torpeza del brazo recién estrenado por Salustiano. Al tenis, 6-2, y a la pelota valenciana, 45 a 20.

    – 52 –

    Corrieron juntos quinientos metros que no estaban muy lisos que digamos. Ella, a pesar de correr por delante, aún iba recitando en una voz bastante alta: "Post te curremus..., in odorem ungüentorum tuorum". Después le dio a comer de los árboles silvestres, y le hizo descansar frente a ella misma, tumbadito como si fuera un niño. A la tarde, le llevó de la mano hacia el gran acantilado y allí sonaban las arpas de los ángeles, sobre el fondo suave del fragor de las olas lejanísimas. En un instante de arrobamiento del guardacoches desapareció ella de su lado y él la vio arrojarse a las aguas de aquella mar profunda, envuelto su cuerpo en dorados fulgores. Había dejado junto a él su chándal azulado, y él sentía en su corazón una voz clara que le invitaba a ponérselo, como para empezar a transmitir el mensaje de la nueva aparición de la Virgen amistosa.

    –Soy tuyo. Tu chándal es mío –pensaba con serena complacencia.

    Marchó para Valencia, a paso gimnástico, y entró por la puerta de la primera iglesia que fue hallada entreabierta. No recordaba después si fue en Denia, en Oliva, en Gandía, en Tabernes de Valldigna, Sueca o Cullera... ¿qué más le daba? Lo cierto fue que allí se topó a un sacristán que era amigo de infancia, y éste lo condujo a la presencia del párroco.

    –¡Buenas...! Que dice este amigo que ha visto a la Virgen.

    –¿Cómo? –Preguntó extrañadísimo el rector, deponiendo sus lentes en la mesa.

    – 53 –

    –Dice que iba vestida de chándal.

    –¿Sí? –Continuó con extrañeza el reverendo –y ¿qué te ha contado la Virgen?

    –Me pidió un cigarrillo.

    –¡Entonces es mentira! –Prorrumpió desengañado, casi iracundo, el presbítero– ¡Nunca se ha oído decir que la Virgen se aparezca de ese modo! ¡Ni en Fátima, ni en Lour-des, ni en la Saleta, ni al pastor de Agres!

    –Oiga: tampoco en Fátima llevaban los niños una gorra de plato –terció apaciguante el sacristán–. Los tiempos cambian.

    –¡Largo, largo! –Sentenció displicente el señor párroco–. No estoy aquí para perder el tiempo.

    –Observe, señor cura –insistía el sacristán, rascándose una oreja– lo que dice el Evangelio: "Los cojos ven, los mudos andan, los ciegos oyen..."

    –¡Ah! ¿Sí? El Evangelio no dice esas chorradas, porque habéis de saber que siempre han visto los cojos, a no ser que estén ciegos. Siempre han andado los mudos. Y ahora vosotros igual: ¡andando y muditos!

    –Pero el caso es –insistía porfiante el sacristán– que este hombre estaba manco, y la Virgen le ha devuelto el brazo.

    –¿Es eso verdad? –Preguntó el reverendo, poniéndose las gafas otra vez y mirando de hito en hito al taciturno guardacoches.

    Entonces éste le mostró el brazo blanquísimo como una rosquilleta, sin tostar por el sol y sin tatuaje, a diferencia

    – 54 –

    del otro, avezado a los trabajos de empujar vehículos dejados sin freno y en punto muerto.

    El cura se convenció y, sin perder un minuto de tiempo, trató de organizar una magna peregrinación hacia el Llano de San Jerónimo de Jávea para el próximo lunes, día escogido por la Virgen para aparecerse a Salustiano, a causa de la escasa afluencia de vehículos al parque contiguo de la playa. Se concentraron al pie de los matorrales millares de peregrinos que cantaban.

    Iban todos vestidos de chándales de color azul celeste, que, con las prisas, hubo que pedir prestados al Real Club Celta de Vigo. Tanto los jóvenes como los viejos, hombres y mujeres, todos con chándal. Algunas monjitas, que estaban pelonas, no quisieron quitarse sus tocas que, por encima del chándal, les hacían parecer galápagos o focas. Llegados a la cumbre, iniciaron un rosario en forma de maratón, siguiendo los pasos del vidente Salustiano. El cura y su avispado sacristán inventaron un Ave María sintética, que se prestaba al ritmo binario de los pies en carrera. La primera parte la pusieron en latín: "Ave-María, gratia-plena, Dominus-tecum". Y otro grupo de más atrás, al mismo paso, respondía en castellano la segunda parte: "Santa-María, ruega por nos-otros", "Casa de-oro, ruega por nos-otros". Y al final se apareció la Virgen y se pararon todos.

    Descendía del cielo con su chándal, deteniéndose en la pancarta que decía la palabra "Meta", hacia la cual todos caminaban y hacia la cual todos miraban. En medio de

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    tan arrobada contemplación, se le ocurrió al señor cura sugerir que aquella pancarta se llamara "Marieta" en vez de "Meta". Será el origen de la futura ermita que habrá que edificar.

    Mientras tanto, empezaba a anochecer. Entonces se encendieron los cigarrillos chisporroteantes, que cumplían la función de antorchas, como en Lourdes.

    La Virgen se sentó formando un corro grandísimo entre todos. Preguntáronle cuál era su mensaje. Y dijo que había que salvar la juventud de los antros nocturnos de bebida y corrupción. Había que decir, pues, a los jóvenes que hicieran más deporte al aire libre y a pleno sol del día.

    Un periodista observó con cierta impertinencia que tal mensaje causaría la ruina de los dueños de las discotecas. Mas a esto la Virgen contestó con una palabra trepidante: "¡Reconversión!" "Reconversión de las costumbres, reconversión de las industrias. Que se apliquen a fabricar chándales azulados y cigarrillos con burbujas".

    Preguntaron también si convenía que se vendieran medallas.

    –Medallas olímpicas, no –sentenció la Virgen con tono suave, pero claro y terminante–. Aquí hemos de ser todos iguales, porque "los últimos serán los primeros". Nada de rendir culto al vencedor. Conviene cambiar el eslogan del barón de Coubertin, "Citius, fortius, altius", por el refrán italiano: "Chi va piano, va sano e va lontano". Todos corriendo juntos, que lo que importa es participar y no vencer. Cada vez que un hijo mío vence, otro hijo es derrotado, y

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    eso llena de lástima mi corazón maternal. No habrá, pues, más medalla que la Virgen milagrosa.

    –¡Viva! ¡Viva! –Dijeron las viejecitas más beatas, que se habían arreglado con dos chándales de sendos nietos para cada una (a causa de su gordura abdominal).

    La capilla fue levantada al aire libre de aquel brazo de tierra entre los mares, y en ella fue erigida la escultura de una Virgen ascendente, con su chándal azulado, en postura agilísima de dar hacia los cielos un triple salto inmortal.

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    El Hijo Predilecto

    Era Eugenio Prim el hombre más ilustre de todos los que habían nacido en la villa valenciana de Benisólem. Poeta, pintor, músico y arquitecto, sabíase de él que, corriendo por el mundo, había cosechado brillantes laureles. Los otros hijos de Benisólem, que eran unos 2.000 asentados a la ribera del Júcar, no entendían cómo los laureles se pueden cosechar. Tampoco entendían mucho los poemas ni los cuadros o edificios, ni la extraña música del gran compatriota, pero pensaban que, ya que en todo el mundo le habían rendido tan grandes homenajes, ¿cómo no tendrían que hacerlo también ellos mismos? Y aún no era tarde del todo. A punto de cumplir 80 años, Eugenio (cuyo nombre equivale a "bien nacido") había resuelto depositar sus huesos en reposo dentro de la humilde villa que le viera nacer. Y aquel municipio, en son de homenaje, lo declaró su hijo predilecto. Se afanaron los vecinos, en consecuencia, en preguntarle qué recompensa, algo más positiva, tendrían que entregarle, a cambio de haber paseado por todo el mundo la honra de Benisólem. Y entonces el vate les dijo cantando:

    "Oh patria deseada,

    yo quiero propiamente ser tu hijo".

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    ¿Qué habría querido decir con "propiamente"? A los pocos días de habérsele rendido el homenaje, súpose el alcance de tal petición por conducto del párroco y del médico de aquella localidad. Al primero, el poeta había consultado la licitud, y al segundo la utilidad, de una efectiva vuelta a la infancia, en la cual las mujeres lactantes del pueblo le sirvieran de madre por turno sucesivo. Eugenio Prim, el bien nacido, conocía la mística renana y la española, en las cuales parece encomiarse una cierta lactación de los pechos de María, y aún de otras mujeres santísimas del reino de los cielos, por parte de algunos fieles terrenales propiamente adultos. En cuanto al médico, le había reconocido tal deterioro digestivo, desde el esófago al colon, que sólo con gotero podría alimentarse para el resto de su vida. Mas, no habiendo una clínica adecuada en todo aquel poblado, tendría que trasladarse a Alcira, Sueca, Valencia o Gandía, perdiendo con ello la amorosa convivencia que ya estaban dispuestos a prestarle sus paisanos. "A no ser –convino al fin el médico– que fuese alimentado con leche de mujer".

    ¡De mujer! Precisamente; y no envasada, sino por medio de una succión natural. La razón de esa extraña reserva la entendió prestamente Don Eugenio, en virtud de su agudísima intuición poética. No se trataba solamente de las cualidades térmicas del acto, sino de que hay en él algo más, algo más, que parece indicado para combatir la depresión senil: hay un plus de cariño, de afecto espiritual, que es transmitido y aún percibido por el dócil usuario, que siente un cierto efecto sedante, armonizante, en la

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    cálida succión, hasta el punto de alcanzar en sus venas una intensa comunión de la vitalidad de la madre o nodriza, por más que sea eventual.

    Propúsose, por tanto, la bizarra petición del nuevo "hijo predilecto"; petición que fue acogida con risueño alborozo por el vecindario, y especialmente por aquellas mujeres que fueron designadas para prestar el servicio.

    Benisólem tenía, según ya hemos dicho, 2.000 habitantes. Treinta de ellos eran las mujeres que a la sazón se encontraban en estado de crianza de sus hijos; pero, de éstas, tuvieron que ser descartadas exactamente nueve, que por diversos accidentes carecían de la propia facultad amamantante, suplida por unos biberones que ya no eran el caso. Quedaban veintiúna.

    Veintiúna mujeres jóvenes, en edades comprendidas entre veinte y treinta y ocho años, se aprestaron con audacia intrépida y gozosa a constituir un equipo, consignado bajo el nombre de AMPE (asociación de madres para Eugenio). Una vez por semana se trasladaban por turno al caserón del poeta como donantes de leche. De este modo, una por la mañana, otra al mediodía y otra al comienzo de la noche, satisfacían su necesidad nutricia, cubriendo su turno con rigurosa constancia, y proveyendo ellas mismas a cualquier eventual sustitución que se diera por causas obligadas. Entraban risueñas, alegres, cariñosas, lindamente ataviadas, peinadas, y aún con ligero maquillaje. Sentábanse en un alto taburete, puestas de cara al gran sillón, y justamente a un lado (y luego al otro) del anciano, a quien trataban

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    tuteando como a un niño. Al margen del servicio, a cada tarde, venían juntas las tres de cada día, con sus maridos y sus hijos, a visitar a aquel nuevo y sorprendente hijito y hermano de todos a la vez. Otras mujeres, vírgenes o viudas, suplían los servicios accesorios de higiene o de limpieza, pero siempre con el mismo talante afectuoso. Y el viejo poeta lloraba por la fuerza de una dicha tan enternecida.

    Mas no quedaba inmóvil o inactivo, porque, en pura realidad, el alegre retorno a la infancia le había despertado nuevamente el estro poético. Y así recompensaba la difusa y representativa maternidad de su querido pueblo con nuevos poemas que las comadres recogían en sus bolsos.

    El último poema conocido cantaba de este modo:

    Oh tú mujer, que aportas a mi estancia

    tu mirada y tu voz, aroma y roce,

    ven, penetra lo íntimo del goce

    de convertir tu amor en mi sustancia.

    Disuelto ya de toda mi arrogancia,

    con paz atiendo el parto de las doce

    cara al dormir. Dejadme que retoce,

    que nuevo niño soy en la lactancia.

    Mañana moriré, llevando al cielo

    un recuerdo de amor entre mis venas,

    alumbradas por blanca provisora.

    Oh tú mujer, purísimo consuelo;

    tu injerto varonil, por duras penas,

    hizo de tí la patria salvadora.

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    ESTE LIBRO SE ACABÓ DE IMPRIMIR

    EN LOS TALLERES GRÁFICOS DE MARÍ MONTAÑANA,

    EL 4 DE NOVIEMBRE DE 2008,

    FESTIVIDAD DE SAN CARLOS BORROMEO